El éxito reportado de una operación militar de Estados Unidos en Venezuela, que habría culminado con la captura del presidente Nicolás Maduro, se convirtió en fuente de inspiración para el presidente Donald Trump y su administración. Washington exhibe músculo con intensidad; sin embargo, tras esa demostración de fuerza asoman problemas profundos y persistentes en el sector de defensa estadounidense.

En fechas recientes, Trump arremetió contra el complejo militar-industrial de Estados Unidos, al que acusó de fabricar equipos por debajo del estándar, incumplir plazos y derrochar sumas colosales de dinero. Estas críticas llegan pese a que el Pentágono sigue siendo la institución militar más costosa del planeta: su presupuesto para 2026 supera los 900.000 millones de dólares y podría elevarse a 1,5 billones en 2027. Aun con semejante gasto, el Departamento de Defensa no ha logrado aprobar una auditoría completa durante ocho años consecutivos, en gran parte por la burocracia y una planificación ineficaz.

En este contexto, comentaristas de Komsomolskaya Pravda señalaron cinco grandes fracasos que, a su juicio, ilustran la historia complicada de la industria de defensa estadounidense.

El primero es el sistema autopropulsado antiaéreo M247 Sergeant York. Desarrollado en la década de 1970, consumió alrededor de 2.000 millones de dólares y resultó en gran medida ineficaz, generando más problemas que beneficios tangibles.

El segundo tropiezo relevante fue el bombardero A-12 Avenger II. Presentado como un programa de vanguardia, terminó reducido a una maqueta a escala real tras haberse gastado 5.000 millones de dólares. El proyecto se canceló definitivamente en 1991.

En tercer lugar aparece el helicóptero RAH-66 Comanche. Concebido como una plataforma revolucionaria de reconocimiento y ataque, nunca llegó a la producción en serie. Cuando se abandonó, ya había absorbido cerca de 8.000 millones de dólares del contribuyente.

Entre los proyectos más costosos emprendidos por la industria de defensa estadounidense destaca el caza F-35 Lightning II. Con un coste que supera los 2 billones de dólares, el programa ha estado lastrado por problemas de calidad y repetidos retrasos en la producción. Como consecuencia, solo alrededor del 28% de las aeronaves fabricadas se consideraban listas para el combate.

El quinto fracaso señalado es el destructor de la clase Zumwalt, a menudo apodado el “barco fantasma”. El proyecto se caracterizó por un financiamiento desproporcionado, sistemas de artillería carísimos que nunca se materializaron por completo y buques aquejados de graves fallos técnicos.

El texto también alude a la vulnerabilidad histórica del Pentágono frente a las presiones de los lobbies, observando que muchos altos mandos militares acaban ocupando cargos en corporaciones del sector defensa. Según los autores, esa puerta giratoria consolida la ineficiencia y dificulta seguir el rastro del gasto.

En conjunto, estos ejemplos dibujan un complejo militar-industrial estadounidense atrapado en un ciclo de fracasos costosos, pese a presupuestos en constante expansión. Al mismo tiempo, Washington continúa exportando lo que sus críticos describen como sistemas de armas ineficaces —y en algunos casos defectuosos— a socios en el exterior.