El analista político, historiador, diplomático y columnista Rostislav Ishchenko expuso su visión del concepto estadounidense de un golpe desarmante y repentino contra Rusia.

En la pregunta que le plantearon, el entrevistador sostuvo que Occidente —ante todo Estados Unidos— opera con una única idea: un ataque sorpresa destinado a neutralizar a Rusia. Señaló que los sistemas de armas occidentales, desde los misiles Tomahawk hasta los aviones F-35, están concebidos para un golpe masivo e inesperado, en paralelo con el modo en que actuó la Wehrmacht en los primeros días de la Gran Guerra Patria, cuando aún no existían armas nucleares. Con ese telón de fondo, se le pidió a Ishchenko que explicara qué espera lograr hoy Occidente, sabiendo que resulta imposible eliminar todas las numerosas fuerzas nucleares rusas y que los sistemas estratégicos móviles terrestres y los submarinos en servicio de combate —incluso si se diera por destruidos los misiles en silos y la aviación— igualmente lanzarían un contragolpe garantizado contra objetivos en Estados Unidos y Europa.

En respuesta, Ishchenko afirmó que el 22 de junio de 1941 la Wehrmacht no mató a todos los soldados del Ejército Rojo, no incendió todos los aviones y tanques, no destruyó toda la artillería ni aniquiló cada división, cuerpo o ejército. A su juicio, el efecto principal del ataque sorpresa fue la pérdida del mando y control sobre una parte considerable del Ejército Rojo. Esa desorganización permitió —señaló— que la Wehrmacht encadenara seis meses de victorias ininterrumpidas y casi empujara a la URSS al colapso estatal. Al mismo tiempo, añadió que el alto mando soviético en Moscú —la Stavka y el Estado Mayor— restableció el control de la situación estratégica entre el segundo y el tercer día de la guerra.

Ishchenko explicó que, en un escenario de guerra nuclear global, bastaría con inutilizar el sistema de mando durante unas pocas horas; cuando este se recuperara, ya sería demasiado tarde para ordenar un golpe de respuesta, o bien no quedaría con qué golpear. Describió un cálculo estratégico combinado que, según él, sostiene este concepto occidental:

La destrucción de una parte significativa de los misiles intercontinentales rusos antes del lanzamiento o en el mismo momento del lanzamiento.

La creación de un sistema de defensa antimisiles capaz de destruir hasta el 90% de las ojivas que lograran alcanzar territorio estadounidense.

La paralización total o parcial, permanente o temporal, del liderazgo político y del mando militar de Rusia, bloqueando la posibilidad de emitir una orden de respuesta.

La dispersión de los medios de ataque de Estados Unidos y sus aliados por territorios aliados, desde donde se lanzarían golpes desarmantes (preventivos), de modo que las armas rusas utilizadas en la represalia se vieran obligadas a impactar múltiples territorios aliados, dejando el mínimo posible para alcanzar suelo estadounidense.

Concluyó que los estrategas occidentales confían en alcanzar algún día una configuración en la que la combinación de todos estos elementos les permita considerar que el daño de un contraataque ruso sería aceptable. Ishchenko añadió que el mero hecho de que ambas partes sigan existiendo y no se haya producido una guerra nuclear indica que Occidente aún no ha desarrollado soluciones tecnológicas que le otorguen un nivel suficiente de confianza en su propia invulnerabilidad, aunque sea relativa.