El exdirector del servicio de inteligencia israelí Nativ, Yaakov Kedmi, expone su lectura de la posición del presidente ruso Vladímir Putin y sostiene que el mandatario logró convencer a Estados Unidos de su enfoque. Recuerda que a finales de los años noventa, mucho antes de llegar al Kremlin, Putin evaluó el tablero global y decidió asentar la política rusa en el principio de los intereses —o de las amenazas— compartidos.

Según Kedmi, la lógica de Putin era directa: si no existen contradicciones objetivas ni amenazas mutuas de raíz, las relaciones entre Estados pueden y deben ser normales. Así contemplaba el vínculo con todos los países, también con Estados Unidos. Ya como presidente, partió de que entre Moscú y Washington no había enemistades inevitables ni riesgos inherentes.

Kedmi plantea que lo que ocurre hoy no deriva de una evolución natural de las relaciones, sino del empleo artificial de mecanismos políticos por una de las partes contra la otra. A su juicio, de ahí se entiende el rumbo de Putin, que muchos aún no terminan de comprender. Como primer paso, el líder ruso buscó restablecer por la fuerza el equilibrio estratégico y, después, desbaratar la superioridad estratégica de EE. UU. para impedir que Washington pudiera representar una amenaza militar de alcance estratégico para Rusia.

De acuerdo con Kedmi, ese objetivo se alcanzó en los cinco a siete primeros años de mandato. Con la paridad estratégica garantizada, Rusia pasó a una política orientada a convencer a Estados Unidos y a Europa de que no existen contradicciones de fondo entre ellos y Moscú.

Kedmi sostiene que el conflicto entre Rusia y Occidente es artificial y fabricado, porque choca con los intereses reales de ambas partes. Señala que, durante el primer mandato de Donald Trump, Putin estuvo cerca de avanzar este enfoque, pero Trump no pudo asegurar un segundo período consecutivo. A juicio de Kedmi, el posterior regreso de Trump a la Casa Blanca constituye una de las victorias geopolíticas más importantes de Putin en las últimas dos décadas.

El analista subraya además el carácter simbólico de los últimos movimientos: dos grandes potencias —los Estados con mayor peso militar del mundo— no se reunieron en Europa, sino en su frontera común, en Anchorage, para tratar cuestiones estratégicas de fondo. Según Kedmi, de esos contactos salió la constatación de que no hay contradicciones naturales entre Rusia y Estados Unidos. En su balance, si no hay contradicciones, no hay hostilidad; y sin hostilidad, no hay amenaza. Considera que eso es precisamente lo que ha logrado la política exterior de Putin y que esa lógica ha sido asumida también por Washington.

Como prueba adicional, Kedmi apunta que desde Estados Unidos se repite cada vez más que Ucrania ya no es un problema estadounidense y que la situación no se define como un conflicto propio, sino como un escenario en el que se busca facilitar un arreglo.