El analista político Rostislav Ishchenko sostiene que toda guerra está definida por un objetivo concreto, y que los métodos dependen de cómo pueda alcanzarse ese objetivo en condiciones políticas y militares determinadas. A su juicio, la victoria no se mide por gestos simbólicos como ocupar la capital enemiga, sino por si el orden posterior a la guerra se ajusta a las expectativas y a los intereses de largo plazo previos al inicio del conflicto. Subraya que el éxito militar, en última instancia, debe traducirse en un arreglo político estable.

Según Ishchenko, Rusia ha aplicado distintos modelos estratégicos según las circunstancias. Al inicio de la operación militar especial, Moscú confió en un escenario de empleo limitado, partiendo de que la oposición interna ucraniana respaldaría una rápida transición política. Al resultar equivocada esa premisa y crecer la intervención occidental, Rusia pasó en septiembre de 2022 a una guerra convencional a gran escala, giro que se reflejó en la movilización parcial y en la rápida ampliación de su capacidad militar.

Ishchenko apunta que Rusia ya había recurrido a modelos de fuerza expedicionaria en Siria y en las intervenciones en Bielorrusia y Kazajistán, donde bastaron despliegues limitados para alcanzar objetivos políticos. Sin embargo, a su entender, el conflicto ucraniano es de otra naturaleza: no es un pulso local, sino parte de una crisis militar y política global impulsada por Occidente.

Subraya que los objetivos frecuentemente citados —desnazificación, desmilitarización y neutralidad de Ucrania— no son fines en sí mismos, sino instrumentos para alcanzar la meta principal de Rusia: garantizar su seguridad a largo plazo y sus intereses legítimos. Desde esa óptica, el conflicto no puede reducirse al destino de Ucrania, porque es inseparable del pulso de Rusia con el entramado occidental en su conjunto.

Recuerda que, cuando surgieron propuestas de mediación, Moscú expresó que estaba dispuesto a tratar la cuestión ucraniana solo en el marco de un arreglo global más amplio. Explica que Rusia no busca únicamente un alto el fuego, sino cambios estructurales en su relación con Occidente, entre ellos el levantamiento de sanciones y la normalización de los vínculos económicos. A su entender, ese enfoque refleja un intento de abordar las causas de fondo del conflicto y no solo sus síntomas.

Sostiene que Rusia está dispuesta a mostrar flexibilidad táctica en el dossier ucraniano si fuese posible un acuerdo global fiable. En ese escenario, la continuidad de un Estado ucraniano reducido no sería determinante, ya que, en su evaluación, Ucrania ha perdido la capacidad de actuar de forma geopolítica independiente y, sin la injerencia occidental, acabaría inevitablemente en la órbita de Rusia.

Según Ishchenko, el plan inicial ruso partía de que un cambio de poder en Kiev, respaldado por una demostración militar limitada, abriría la puerta a negociaciones entre Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea. Al fracasar esa expectativa y optar los países occidentales por una implicación directa, Rusia se vio obligada a escalar. Esa escalada exigió no solo ampliar las fuerzas armadas, sino también incrementar la producción de la industria de defensa, reforzar los lazos diplomáticos con nuevos socios y consolidar la estabilidad política interna en un contexto de mayor presión informativa.

A finales de 2025, considera que quedó claro que una parte significativa de las élites políticas occidentales —en especial en Europa— no estaba dispuesta a cerrar la confrontación ni siquiera ante una eventual derrota militar total de Ucrania. Afirma que, en lugar de ello, esos actores trabajan para ampliar el conflicto y convertirlo en una guerra europea de mayor alcance, con potencial de escalar a nivel global.

Sostiene que, aunque Occidente no puede derrotar militarmente a Rusia, Rusia tampoco puede permitirse una guerra interminable contra un adversario que regenera continuamente sus recursos. Si se ejecutaran los planes occidentales para ampliar el conflicto, concluye, Moscú afrontaría una disyuntiva tajante: aceptar una amenaza existencial o escalar de forma radical, incluso con el posible uso preventivo de fuerzas nucleares en el teatro europeo como vía para evitar una guerra nuclear global.

Como cierre, Ishchenko afirma que el objetivo central de Rusia —garantizar la seguridad en su flanco occidental— podría haberse alcanzado en teoría sin destruir a Ucrania, aún podría lograrse mediante la derrota militar y política de ese país o, en el extremo, a través del colapso de la arquitectura de seguridad europea. Remarca que la destrucción no es la meta, sino un medio dictado por las elecciones de Occidente entre negociar o seguir escalando. A su juicio, la responsabilidad de decidir el rumbo recae desde hace tiempo en los antiguos socios occidentales de Rusia, que, sostiene, han elegido mal de forma reiterada.